El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie:

El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie: Viendo la vida pasar
TRANSLATE /TRAUDIRE/ /TRADUZIR/ /ÜBERSETZEN/ /TRADUCI/ /Перевести/ترجمة

viernes, 22 de abril de 2016

Día de la tierra: la importancia de S.M. el árbol


Árbol protegiendo la tierra en la orilla del Lozoya,
 El Paular (Madrid)

miércoles, 20 de enero de 2016

Escritos ejemplares: sustancias e industrias. (Más orgullo con el español y menos modas que empobrecen, por favor)

A través del cristal,  que separaba el laboratorio del despacho, se podía ver al jefe de control de calidad concentrado, consultando lo que podía ser un prontuario o un vademécum. El mozo, al que denomino de esta forma por ocupación y porque debía rondar los diecinueve años, llamó tímidamente a la puerta. El <<¡pase!>>  sonó tremebundo. El muchacho saludó con un apenas audible <<buenos días, don Salvador>>. Por respuesta obtuvo una mirada penetrante del jefe por encima de las gafas, como si con ese gesto quisiera desmentir lo que de amistoso tenía su nombre de pila. Como don Salvador no salía de ahí, el mozo anunció con la mayor sumisión posible: <<ha llegado el químico>>. El comportamiento timorato del chico, fruto del conocimiento que tenía del carácter de su interlocutor, no impidió que en el despacho se oyera, como trueno, <<¡qué químico!, ¡aquí trabajamos un montón de químicos!>>. El muchacho, al que le empezaba a asomar el rubor propio del que sufre una admonición,  se armó de valor y, acercándose, dejó sobre la mesa un frasquito de color topacio. <<Ah, era esto>>, dijo don Salvador, con algo menos de ímpetu, mientras examinaba la etiqueta. El tono  le duró poco, porque continuó con severidad: <<acostúmbrese a decir producto químico, compuesto o sustancia; toda la vida de Dios un químico ha sido una persona, ¡coño! >>. El  malaspulgas del jefe quedó prendado del frasquito como si fuese un deseado tesoro, momento que aprovechó el mozo para dirigirse a la salida del despacho. A su pesar, el chico recordó que debía darle otro recado, pues cualquier empleado de la casa evitaba tener contacto con don Salvador, incluso a través de teléfonos inteligentes, por temor a un chorreo. Desde la puerta anunció, con una voz que quería parecer firme, <<Curiel me ha dicho que le diga que la farmacéutica está esperando la respuesta>>.  Intentando no mostrarse tan agrio, contestó don Salvador: <<¿Henar?, ¿Lourdes?>>.  <<No. Chemical Global>>, dijo en un balbuceo el muchacho. <<Eso es una in-dus-tria far-ma- ceu- ti-ca o un la-bo-ra-to-rio far-ma-ceu-ti-co>>, respondió el jefe; así, marcando las sílabas. Y añadió: <<¡las farmacéuticas son señoras! >>.  Cuando el puño de don Salvador dio con el frasco, en lugar de encontrar el tablero de la mesa, y la sustancia que contenía inundó de olor a almizcle el despacho y de color pardo la página 724 del vademécum, el mozo ya había desaparecido. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Ida y vuelta

Reconoce usted que alcanzó la cima; llegaron al punto de satisfacción total sus aspiraciones profesionales y humanas, mezcladas ineludiblemente en quien se dedica a pormenorizar la sociedad, destacando en negrita los nombres que, como el cemento, daban estructura a sus artículos; pero usted mismo lo dice: reconoce la mascarada que son las relaciones del mundillo en el que su persona era referencia y faro. Tenía, por eso, que buscar, hastiado de saludos y besos, y de brazos por encima del hombro, propios de cócteles, recepciones y audiencias, tenía que buscar con ahínco la naturalidad que supone llevar la barra de pan y el periódico bajo el brazo en  la mañana dominical y recrearse en la esperanza de un mundo mejor mirando a los niños que juegan y encontrar sus ojos inocentes; y escudriñar los rincones de los váteres públicos para empaparse de las realidades humanas (tan lejos de los ambientes perfumados, enmoquetados, pulcros y controlados, sosteniendo el escocés en la mano), y seguir a través de un trecho de acera en una tarde oscura de invierno, solo por placer visual, sin intención de intercambiar palabra alguna, a la joven mujer que camina delante y que desconoce la importancia del escritor que va detrás.
Su obra me hace verle de otra manera, pues deshace el mito de dandy, fantasma y vanidoso en el que le habían colocado en mi experiencia vital sus artículos, sus séquitos, su codearse con gentes que viven de la exhibición, del cinismo, de relaciones endogámicas, todo eso que me asqueaba. Ahora me dice que usted deploraba esa forma de vida. Escribía porque los conocía, porque aprendió los recursos de las castas de primera clase, de los círculos cerrados en donde la recomendación y el tráfico de influencias lo son todo. Nos pintaba en sus cotidianos escritos a unas gentes cuya principal ocupación era la asistencia a fiestas decadentes. Me parecía que a pesar de sus críticas era usted necesario para seguir manteniendo un mundo que la vehemencia juvenil me hacía ver despreciable y vacuo. Pero esas “cualidades” de su entorno ya las ha calado usted y en la obra repudia la convivencia con las castas y le gustaría volver a ser niño, y ser niño en el suyo; y repudia también su triunfo y recomienda no triunfar, y acaricia el sueño, a partir de cierto momento, de volverse un perro salvaje, como los que fueron noticia en Galicia en los tiempos de la escritura de su obra. Aquellos se hicieron salvajes por abandonados, a usted le gustaría hacerse por abandonarle la ilusión. Pero no podía dejar de ser gato de salón, mostrando uñas en forma de afilada observación, pero gato de salón.
Compartimos, yo hoy, usted ayer, y siempre, porque lo dejó escrito y no puede escribir más, una visión negativa de los hombres y sus “hazañas” y reivindica la desaparición de la especie, como imaginó la extinción a destiempo de su propia vida si hubiese tenido valor, según dice, y convencido, a pesar de su éxito, del sinsentido de su vivir y del mayúsculo fracaso universal que supone la muerte de los niños, la muerte de su hijo. Me dice que disfrutaba del arte, ese engaño a la vida para olvidar la nada adonde iremos, aunque reconoce que Cervantes y Kant no morirán; disfrutaba del arte, excepto del arte de la música, a lo que no le pudo sacar satisfacción y no llegó a entender. Lástima; porque la música puede proporcionar momentos que nos reconcilien con la especie humana.
Reflexiona usted sobre el escribir y le da el mayor valor al diario íntimo, como el suyo. Y lo valora así por inmediato, fresco y sincero, aun reconociendo que se puedan colar lirismos distractores. También quedan en buen lugar las memorias, si el paisaje del recuerdo  no es demasiado neblinoso. Más abajo estaría la poesía, por demasiado artificial, y por último la novela, que es una falsaria realidad, y cuanto más realista peor. Por eso eligió el diario íntimo. Cansado de su permanecer en el trono halagador de rey de la escritura, utilizó la herramienta que le llevó a la cumbre para bajarse de ella y quiso escribir artículos a miles, como churros, cuando no hubiera sido necesario porque ya era hombre de éxito (quizá cuando yo le leía), para sentirse fracasado, para desandar el camino; porque, según usted, escribir artículos es una gloriosa manera de fracasar.
Al leer, hecho que usted considera más creativo que el escribir, al leerle, le comprendo. Comprendo su ambición juvenil en la corte, de la que usted se consideró rey de las letras. Comprendo su habilidad para ser tenido, y temido, como gurú de cierta clase y de gentes agrupadas por su estilo de vida; era usted halagado buscando su cita, preferiblemente benévola, algo tan importante en algunos círculos; pretendían ser sus amigos, o parecerlo, conocidos suyos al menos, y tener la oportunidad de no ser olvidados. Comprendo su desprecio íntimo por ese mundo suyo, insincero, teatral y mediático; y comprendo que se haya sentido engullido, vampirizado por los chupasangres que necesitan comerse al hombre para sobrevivir. Hombres que comen hombres, así funciona el mundo, viene a decir.
Hace tiempo que se secó su sangre. Sus artículos están tan muertos como usted; el tiempo los mató pronto, como usted quiso. Menos mal que escribió otras cosas.



miércoles, 7 de octubre de 2015

La memoria en los libros. Segunda entrega. Paralelismos

Avanzaba divertido por las páginas de La araña negra y se le escapó alguna sonrisa maliciosa, propia de los que contemplan a los atrevidos proclamando las verdades eludidas por otros, a los que les falta la oportunidad o el valor para ventilarlas. Pero el ánimo jocoso fue transformándose en triste al avanzar en la lectura. <<¿Era posible que la novela de Blasco Ibáñez hubiera servido de inspiración para tejer la tela en la que le habían querido envolver? Aquí está  el método, la teoría y la práctica de un poder mundial secreto que no repara en medios para buscar como fin, en el fondo, la consecución de una ambición. >>
Dudaba mucho de que fuese así, de que los procedimientos reflejados por Blasco hubieran inspirado el proceder de los urdidores de la trama: no creía que la novela que estaba leyendo hubiese sido tan conocida. Se planteaba si las habilidades puestas de manifiesto se habían expresado, como se expresa el fenotipo, porque se nace, o el protocolo de actuación se aprende; si existe un vademécum con los pasos precisos para convertirse en dueño de voluntades y destinos, apoyándose en soplones de certezas  o supuestos, utilizando gentes ignorantes de papanatismo supremo, creando una red de cómplices con la argamasa de la mutua culpabilidad, explotando el conocimiento, innato o adquirido, para mover a las masas, dispuestas a ser rebaño en una dirección.
Ató cabos recordando historias y personajes universales con esas capacidades y había de todo: desde iletrados hasta doctores. Por eso llegó a la conclusión de que tenía que haber algo genético en esa pericia en la alta manipulación y  dejó para otra ocasión determinar si consistía en un avance evolutivo o en una regresión.
El término empatía le estomagaba desde hacía cierto tiempo de tan manoseado, pues era aplicado como ungüento amarillo por toda clase de opinadores.  <<Sí. ¿Pero cómo no acudir a dicho término ante  el sufrimiento, que termina trágicamente,  del que cae en la trampa de la araña y es tomado por loco con la participación de sesudos galenos? >>, se  preguntaba.
Pensaba que alguien inocente, con la fortuna de no haber conocido la maldad de las acciones humanas, podría llegar a creer en la exageración de las intenciones de personajes y de las situaciones, pero el  experimentado comprobaría la profunda realidad de la que el autor de la novela se nutre. Y le sorprendía que Blasco Ibáñez terminara la obra con tan solo veinticinco años. < <¿Qué experiencias vitales le llevaron a escribir ese repertorio de personas, de caracteres, de rasgos y comportamientos? Ese hombre era un genio. Todos están ahí. Podría poner nombre y apellidos de individuos reales a toda esa lista, a base de personajes, que reflejan todos los mundos, interiores y sociales;  todos los anhelos, nobles y deleznables>>, se dijo, avanzado el segundo tomo.
Encontró paralelismos con El Quijote, espoleado por su mención en la novela. <<Bien pudiera ser tan considerada como la magna obra de Cervantes. Su recorrido por el siglo XIX, desde el reinado de Fernando VII, es el mar en el que se desenvuelve la galería de todos los individuos posibles y sus pasiones, las admirables y las venenosas>>, escribió en su cuaderno de notas.

Y decidió tomar a Blasco Ibáñez bajo su amparo. Su escudero se compondría de un mosaico a base de personas de bien. <<Alguna conozco>>.  Tomó su bolígrafo de plata, los papeles ya escritos por una cara y se lanzó a dar mandobles a los malandrines del siglo XXI.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

La memoria en los libros. Segunda entrega. Una señora catedrática

Un tocado en forma de simpático gorrito de lana solía rematar el atuendo de la catedrática. Su alta figura se acrecentaba en la tarima, desde donde nos hablaba siempre de pie; la  voz, enérgica, segura; y el rictus se correspondía con  una permanente sonrisa burlona, fruto, quizá, de cierto escepticismo vital. Poseía un trato agradable y su verbo fácil nos envolvía, atrayendo nuestra atención aunque nos parecieran complicados los razonamientos lingüísticos de Chomsky. La hoja roja, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Las ratas, El Jarama, La tesis de Nancy, El hombre que compró un automóvil y El príncipe destronado, que yo recuerde,  son los títulos que aquella buena señora incluyó entre nuestras obligaciones lectoras. Algunos de los libros los adquirí, como Las ratas, que presté a un colega y compañero entonces y que nunca volví a ver, el libro, no al colega, siendo una deuda que se le debe a mi biblioteca; y otros los tomaba en préstamo de la Red de Bibliotecas Populares, que tenía sedes repartidas por todo Madrid. Visitaba, generalmente, la biblioteca de la calle Mayor, más cerca de Bailén que de Sol,  antes de comenzar las clases, a media tarde, porque me quedaba relativamente cerca del instituto. Me agradaba mucho merodear, entre la tarde y la noche, por el Madrid llamado de los Austrias, para después bajar hasta Sacramento y por San Justo, Puerta Cerrada , Toledo y Estudios, junto a la colegiata, llegar al Instituto de San Isidro. Gracias al carné de las Bibliotecas Populares tuve acceso a la Biblioteca Nacional,  donde pedí prestados algunos libros un tiempo después. Allí fue, guiado por el nombre del autor, más que por el título, el lugar en el que me tropecé con la obra que nos ocupa; algunos párrafos leídos al azar cuando nos presentamos el libro y yo me cautivaron, pues el mundo retratado en la novela no me era ajeno.