El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie:

El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie: Viendo la vida pasar
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miércoles, 14 de junio de 2017

Un cuento: "El niño que quiso ser torero"

        El niño que quiso ser torero
                Un cuento para edades de 4 a 7
De paseo…
− Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

¿Qué crees que hizo José Ramón cuando el señor que hablaba, y hablaba, bla, bla, bla, en la calle, junto al parque, con su papá, se calló de pronto, le miró con ojos de búho y le preguntó qué quería ser de mayor?

Imagínate. José Ramón, que no le quitaba ojo al tobogán mientras su papá charlaba con el señor de ojos de búho, se quedó un poco pasmado después de la pregunta; tan pasmado como aquella vez que vio en el suelo, por culpa de una pelota lanzada por un puntapié inocente, el helado de cucurucho que su tía Irene le acababa de comprar un domingo.

José Ramón no contestó al señor de ojos de búho, levantó la mirada lentamente y se encogió de hombros, como si le hubiesen preguntado eso de “a quién quieres más”; miró a su padre y le pidió permiso.
 − ¿Puedo ir al tobogán?




Esa misma noche,, en casa…
− Papá, tú, de pequeño, ¿querías ser jardinero?
− No −contestó el papá de José Ramón.
−¿Qué querías ser?  –preguntó el niño.
−No me acuerdo, hijo. No sé; futbolista, policía, camionero, como todos los niños, supongo. Anda, cómete las patatas, que se enfrían.  

−¿Y torero, papá? ¿Querías ser torero?
−Venga, José Ramón; no preguntes tanto y come.
−Pero, ¿querías ser torero? –insistía José Ramón.
−Nooo. Come.

José Ramón pinchó dos patatas con el tenedor y en cuanto tuvo la boca suficientemente libre volvió con las preguntas.
−¿Qué hace un torero?
−Hijo, un torero…
El papá pensó un poco mientras José Ramón esperaba la respuesta mirándole muy quieto. Al fin contestó.
−Juega. Eso es. Juega con el toro.
−¿Con el marido de la vaca? –preguntó enseguida el niño.
−Sí; con el marido de la vaca. Come, José Ramón, que ya te queda menos.

−¿Y juega como jugamos con el perrito de Clara? –dijo José Ramón pinchando con el tenedor las últimas patatas.


                                                El perrito de Clara  

−No exactamente −dijo el papá− porque el toro se puede enfadar y es peligroso.
−¿Se enfada? ¿No quiere jugar? –siguió preguntando el niño.
−No. No creo que quiera jugar; y además al final…

El padre de José Ramón dejó la frase sin terminar y alcanzó al pequeño una pera que estaba troceada en un plato.
−Tómate la pera.
−¿Qué pasa al final? –dijo José Ramón.
−Nada −dijo el papá −. Que el toro siempre pierde.
−¿Como tú cuando juegas a las cartas con los tíos? –quiso aclarar José Ramón.
−Algo así. Ahora vas a terminar. Vemos los dibujos un ratito, nos lavamos los dientes y ¡a la cama! –exclamó el papá haciendo cosquillas en la barriga a José Ramón.
Al día siguiente, en el cole…
Después de guardar las cartulinas y los colores en el armario para que todo estuviese muy bien ordenado, Luis, el profe, les dijo a los peques que se sentasen en círculo. Cuando obedecieron, que la verdad es que no tardaron mucho, y se hizo silencio, que esto tardó algo más, Luis les dijo de qué iban a hablar.
                                                 
                                           Luis,, el profe

−Hoy vamos a aprender cosas sobre los oficios, los trabajos, y luego haremos una ficha, y después jugaremos con todo eso que vamos a aprender. A ver, ¿qué trabajos conocéis?

−¡Doctora! –gritó Raquel levantando el brazo que no tenía en cabestrillo.
−¡Piloto!
−¡Profesor!
−¡Directora!
−¡Cocinero!
−¡Capitán!
Se oyó que decían.
−¡Futbolista! −también se oyó.
−¡Futbolista no, futbolista es un deporte! –gritó Marquitos poniendo una cara muy, muy, fea, como la pone el que se burla.
−¡Pescador! –dijo una niña.
−¡No se dice pescador! ¡Se dice pescadero! –volvió a intervenir Marquitos, originando un pequeño revuelo que Luis, el profe, intentó controlar.
Se fue haciendo la calma poco a poco, pero José Ramón aprovechó para soltar lo que le iba rondando por sus pensamientos desde el día anterior.

−Abel quiere ser torero; me lo ha dicho −anunció.
Todas las miradas se dirigieron al chiquillo, hacia Abel.

−Abel, ¿quieres ser torero? –preguntó Luis, el profe, muy serio.
El niño dijo “sí” con la cabeza, un poco temeroso porque no sabía si aquella situación le traería algún problema.
−¿Por qué quieres ser torero? –dijo Luis escamado, como tú cuando no entiendes algo.
−Porque mi abuelo tiene un toro y caballos.
−¿En una granja? –preguntó el profe.
−Sí; en el pueblo. Y mi hermana, cuando sea mayor cuidará a los caballos, y yo cuidaré al toro. Por eso seré el torero de la granja−contestó Abel.
                          

                                            “Rubio”, el toro del abuelo

−Seguro que es un sitio muy bonito −dijo Luis, el profe, y sonrió.
−Sí; hay mucha yerba verde y muchos árboles.
−¡Pues yo también quiero cuidar animales y quiero curarlos cuando se pongan malos! –gritó María.                      
 −¿Cómo se llama el que cura a todos los animales? –dijo la niña.
−Bueno, todos podemos cuidar a los animales, sobre todo dejándolos vivir en paz, pero si lo que quieres es curarlos tendrás que ser veterinaria− aclaró Luis.
−Pues seré veteniraria− afirmó María con seguridad.
−Veterinaria. Mirad, se escribe así.

Veterinaria
Y Luis, el profe, escribió la palabra con letras muy grandes y después les habló a los niños de la importancia de ser lo que a uno le haga feliz.


                                                        María será veterinaria

Los peques se hacen grandes
¿Y sabéis? Cuando pasó el tiempo, después de veinte vacaciones de verano, María ya sabía curar a todos los animales y vivía feliz, y Abel también vivía, feliz, en la granja de su abuelo, rodeado de animales y plantas. Una granja en la que nunca faltó un toro al que cuidar y en donde Abel invitaba a los niños y niñas y a los  profes de los colegios del pueblo y de los alrededores a visitar su granja y dando paseos por allí les enseñaba a respetar a los seres vivos, desde la más humilde lombriz hasta las grandes aves que surcan los cielos y les decía que había que sentir pena por las personas que se divierten haciendo daño a los animales porque cuando iban al cole no aprendieron a amarlos.

                Fin

miércoles, 8 de marzo de 2017

Día de la Mujer. Que no se lo lleve el viento

Las asesinan. ¿Cuántas más deben morir?

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El río de Madrid en noviembre




Ánade Real hembra. Anas platyrhynchos



Garceta Común. Egretta garzetta


Izquierda: Gaviota Sombría. Larus fuscus.
Derecha: Gaviota Reidora. Larus ridibundus








viernes, 14 de octubre de 2016

Literatura: "El Reencarnado"

Tu alma ha ido rebotando de siglo en siglo, habitando diferentes cuerpos vestidos ora de inquisidor, dueño de mazmorras y grilletes, ora de funcionario absolutista, triste, oscuro y melindroso. Tu espíritu se encarnó en cacique, apegado al terruño y a las sotanas, conspirador, manipulador de los hilos de las voluntades, cliente del compadreo, amparo de la murmuración bisbiseada a orejas  de tu misma causa , vasallo de los grandes amos y sus administradores, practicante del trato de favor, morador de las cloacas. No perdiste la oportunidad  de reencarnarte en furibundo defensor de tu fe,  de tu fascismo  a la española;  y tu devoción por el tirano alzado en armas  te puso a su vera y te regaló un ministerio para que pudieras dar cauce a tus obsesiones y a tus ocultos compromisos vitales. Estás entre nosotros. Tu alma, a través de los siglos, ha ido engrosando con el añadido, una capa tras otra, de iniquidades en consonancia con los tiempos que corrían. Eres el resumen de las eras ominosas, el compendio de las prácticas turbias, el listado de los agravios a la libertad de pensamiento. Dentro de cien años, de quinientos, volverá tu alma a residir en un cuerpo; cambiará tu aspecto, los ropajes serán distintos, pero conservarás la impronta, te pondrás  al servicio del poder tenebroso, serás lacayo de los iluminados; te emplearás en enjaular, en acallar a cualquier precio, a los que osen levantar su voz contra la ignominia. Has sido, eres y serás fiel representante de la opresión. Esa es tu marca y tu legado; y tu condena, aunque no lo comprendas, alma en pena. Pena de alma.