El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie:

El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie: Viendo la vida pasar
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domingo, 22 de mayo de 2016

Biodiversidad: diseño sobre lavanda


Parece ser la llamada chupaleches, Iphiclides podalirius, pero en el momento de tomar la fotografía aparecía sin una parte importante de las alas. A ello se debe que el borde sea irregular.

jueves, 5 de mayo de 2016

Oona y Salinger, de Frédéric Beigbeder

—¿De qué te sonríes?
—Es una sonrisa burlona; de esas que se escapan cuando lees una estupidez, por algo que te parece de lo más tonto ponerlo por escrito; de esas de las que pasas a la risa más demoledora si encima lo llaman “píldora de sabiduría vital”, avisándote, además, de que ese “escritor sabio” acostumbra a propagar tales grageas. Se han pasado con el marketing.
—¿Qué es lo que ha dicho? ¿Cuál es esa “píldora de sabiduría vital”? Ja, ja.
—A ti y a mí nos interesó desde muy jóvenes conocer lo que nos rodea: los pájaros, los árboles, las gentes… Y creo que es una obligación de la especie, consciente como es, rendir tributo a La Vida, en un acto de humildad, y conocer a los demás seres que nos acompañan en el viaje, que además son vitales para el mantenimiento de las condiciones que permiten al planeta ser habitable. Y va este tipo y dice que ”la vejez  es cuando” te interesas por el nombre de los pájaros porque empiezas a tener tiempo.
—Ja, ja. Pues, mira, yo creo que lo que caracteriza a la vejez  no es el tiempo que se tiene; en otras épocas de la vida se tiene tiempo para lo que se quiere; la vejez “es”, quizá,  la dificultad, o la falta de ganas, para gozar del aire libre y de los seres que lo habitan, para salir de las ciudades y sentirse una criatura más, al nivel de las aves o al de los árboles, para conocer otras formas de vida humana que no se basan en la ciudad. Puede que la vejez “sea” la estrechez del presupuesto y el copago de medicinas y de múltiples servicios sanitarios; también  el mantener a los nietos y ayudar en su crianza. Tal vez la vejez “sea”, entre idas y venidas al médico, “cuando” solo tengas ganas y tiempo para ver los cotilleos que la televisión te eche, o, si todavía ves lo suficiente, “sea” coger un libro malo porque es el que tenías cerca y no tienes ganas de buscar mucho.
—Ten en cuenta que hay gente que es el típico producto moderno, que desarrolla su vida entre legajos, campañas publicitarias, refritos y pastiches; que se sienten como pez en el agua en un mundo de papel, ahora virtual, incapaz de interesarse, casi con desprecio, por ese árbol de la esquina que le alegra las mañanas con sus flores de color rosa intenso al que llamamos árbol del amor y que, según la leyenda, le sirvió a Judas para colgar la soga .
—Oye, que a lo mejor estás suponiendo que el sujeto es un urbanita y lo mismo ha nacido en un pueblito.
—Más delito tiene.
—¡Bah! Eso es que sabe de  alguien que conoce cuatro pájaros y le quiere llamar viejo.
—Posiblemente.  No sabes bien la de tonterías que se escriben para meter a capón alusiones no explícitas en algún texto. Y eso me parece una falta de respeto al común de los lectores porque se utiliza su interés y el dinero que ha empleado en comprar el libro para difundir un mensaje de intención espuria. Es para sentirse estafado. El lector debe creer, para que se cree  la magia necesaria,  que  lo escrito va dirigido a él, que hay una comunicación íntima con el autor a través del espacio y del tiempo, que no hay intenciones ocultas que lo harán sentirse utilizado. Además, je, je, creo que ese tipo de frivolidades traen mal fario. Y encima lo llaman “píldoras de sabiduría”. Yo diría manchas de tontería.
—Bueno, ten en cuenta que a algún empleado de la editorial le habrá caído el muerto de tener que escribir la glosa.
—Sí, pero hay que tener algo más de sentido común. Fíjate: se dice que el autor fue “despedido fulminantemente” de la agencia de publicidad donde trabajaba, sin más explicaciones.
—Pues no sé. Se considerará un valor que a uno le despidan fulminantemente, le dará interés, morbo. Si se dijera, sin más, que fue despedido quedaría mal, pero al decir “fulminantemente” da la sensación de que pudo ser por un acto de afirmación ante la empresa, de rebeldía, pero no sabemos si se lo mereció, lo que ocurrió para que fuese fulminado. Seguramente quieran cultivar la imagen de “enfant terrible”, por si vende más.
—Vale. Pero el libro, ¿te ha gustado?
—No. Para nada ha cubierto mis expectativas. Si tuviera que darte una imagen de lo que me parece te diría que la obra es una mayonesa cortada: una serie de ingredientes como minúsculas pinceladas de biografías de Capote, Hemingway, y Chaplin; cartas y diálogos inventados entre Oona  (última esposa de Chaplin) y el escritor Salinger que  no han logrado conmoverme en absoluto; crudas estampas sobre la crueldad de la guerra que sí me han conmovido pero me han parecido demasiado prolijas y fuera de lugar; y la inclusión de la experiencia amorosa del autor con una mujer, que quede claro, mucho más joven que él. Y este parece ser el colofón, una especie de justificación, cuando no creo que a estas alturas interese a nadie, de las uniones románticas entre personas de edades muy dispares. Todo ello aderezado con párrafos en inglés, gritos, o sea mayúsculas, que si ya repelen en cualquier texto, no digamos en un libro. Unos ingredientes sin cuerpo suficiente para dar a la mayonesa la consistencia necesaria y hacerla digna de presentarla en la mesa.
—Pues vaya.
—Mira, cada persona puede escribir lo que quiera, pero los lectores, que hemos pagado, tenemos derecho  a decir lo que nos ha parecido.
—No te lo discuto. Todos deberíamos opinar sobre lo que leemos y realzar las obras verdaderamente valiosas.
—Por supuesto que cada uno escribe como quiere y con las pretensiones que le parece, pero el abuso de la referencia, de las citas, de la excesiva inclusión de conocimientos parece que le da más valor al texto, y se descuida la eficiencia del mensaje, la coherencia del texto, la variedad del vocabulario. Falta artesanía de la palabra. Da la sensación de que el autor basa su obra en “demostrar”, sea conocimiento de los coetáneos de los personajes o de títulos musicales o que ha usado mucho la wikipedia.  Me parece perfecto que sea así, si así se quiere,  pero en el verdadero artista ni se nota; debe ser sutil y nada pretencioso.
—¿Y qué te parece que la familia de Oona no publique las cartas que esta intercambió con Salinger?
—No creo que esas cartas tengan ningún interés. Lo malo de entrar en la correspondencia personal, real o inventada, es que esa relación entre dos personas queda manoseada  por cualquiera, gente extraña a la que jamás hubieras dejado entrar en tu vida porque, en muchos casos,  nunca te caería lo suficientemente bien. Como dijo Ana Belén en un programa de televisión: "¿por qué se mete en mi vida?, si yo no la conozco a usted de nada”.  Tengo la sensación de que si los espíritus de Oona, Chaplin y, por qué no, Salinger pudieran leer esto, sonreirían tan burlonamente como yo. Va por ellos.


viernes, 22 de abril de 2016

Día de la tierra: la importancia de S.M. el árbol


Árbol protegiendo la tierra en la orilla del Lozoya,
 El Paular (Madrid)

miércoles, 20 de enero de 2016

Escritos ejemplares: sustancias e industrias. (Más orgullo con el español y menos modas que empobrecen, por favor)

A través del cristal,  que separaba el laboratorio del despacho, se podía ver al jefe de control de calidad concentrado, consultando lo que podía ser un prontuario o un vademécum. El mozo, al que denomino de esta forma por ocupación y porque debía rondar los diecinueve años, llamó tímidamente a la puerta. El <<¡pase!>>  sonó tremebundo. El muchacho saludó con un apenas audible <<buenos días, don Salvador>>. Por respuesta obtuvo una mirada penetrante del jefe por encima de las gafas, como si con ese gesto quisiera desmentir lo que de amistoso tenía su nombre de pila. Como don Salvador no salía de ahí, el mozo anunció con la mayor sumisión posible: <<ha llegado el químico>>. El comportamiento timorato del chico, fruto del conocimiento que tenía del carácter de su interlocutor, no impidió que en el despacho se oyera, como trueno, <<¡qué químico!, ¡aquí trabajamos un montón de químicos!>>. El muchacho, al que le empezaba a asomar el rubor propio del que sufre una admonición,  se armó de valor y, acercándose, dejó sobre la mesa un frasquito de color topacio. <<Ah, era esto>>, dijo don Salvador, con algo menos de ímpetu, mientras examinaba la etiqueta. El tono  le duró poco, porque continuó con severidad: <<acostúmbrese a decir producto químico, compuesto o sustancia; toda la vida de Dios un químico ha sido una persona, ¡coño! >>. El  malaspulgas del jefe quedó prendado del frasquito como si fuese un deseado tesoro, momento que aprovechó el mozo para dirigirse a la salida del despacho. A su pesar, el chico recordó que debía darle otro recado, pues cualquier empleado de la casa evitaba tener contacto con don Salvador, incluso a través de teléfonos inteligentes, por temor a un chorreo. Desde la puerta anunció, con una voz que quería parecer firme, <<Curiel me ha dicho que le diga que la farmacéutica está esperando la respuesta>>.  Intentando no mostrarse tan agrio, contestó don Salvador: <<¿Henar?, ¿Lourdes?>>.  <<No. Chemical Global>>, dijo en un balbuceo el muchacho. <<Eso es una in-dus-tria far-ma- ceu- ti-ca o un la-bo-ra-to-rio far-ma-ceu-ti-co>>, respondió el jefe; así, marcando las sílabas. Y añadió: <<¡las farmacéuticas son señoras! >>.  Cuando el puño de don Salvador dio con el frasco, en lugar de encontrar el tablero de la mesa, y la sustancia que contenía inundó de olor a almizcle el despacho y de color pardo la página 724 del vademécum, el mozo ya había desaparecido. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Ida y vuelta

Reconoce usted que alcanzó la cima; llegaron al punto de satisfacción total sus aspiraciones profesionales y humanas, mezcladas ineludiblemente en quien se dedica a pormenorizar la sociedad, destacando en negrita los nombres que, como el cemento, daban estructura a sus artículos; pero usted mismo lo dice: reconoce la mascarada que son las relaciones del mundillo en el que su persona era referencia y faro. Tenía, por eso, que buscar, hastiado de saludos y besos, y de brazos por encima del hombro, propios de cócteles, recepciones y audiencias, tenía que buscar con ahínco la naturalidad que supone llevar la barra de pan y el periódico bajo el brazo en  la mañana dominical y recrearse en la esperanza de un mundo mejor mirando a los niños que juegan y encontrar sus ojos inocentes; y escudriñar los rincones de los váteres públicos para empaparse de las realidades humanas (tan lejos de los ambientes perfumados, enmoquetados, pulcros y controlados, sosteniendo el escocés en la mano), y seguir a través de un trecho de acera en una tarde oscura de invierno, solo por placer visual, sin intención de intercambiar palabra alguna, a la joven mujer que camina delante y que desconoce la importancia del escritor que va detrás.
Su obra me hace verle de otra manera, pues deshace el mito de dandy, fantasma y vanidoso en el que le habían colocado en mi experiencia vital sus artículos, sus séquitos, su codearse con gentes que viven de la exhibición, del cinismo, de relaciones endogámicas, todo eso que me asqueaba. Ahora me dice que usted deploraba esa forma de vida. Escribía porque los conocía, porque aprendió los recursos de las castas de primera clase, de los círculos cerrados en donde la recomendación y el tráfico de influencias lo son todo. Nos pintaba en sus cotidianos escritos a unas gentes cuya principal ocupación era la asistencia a fiestas decadentes. Me parecía que a pesar de sus críticas era usted necesario para seguir manteniendo un mundo que la vehemencia juvenil me hacía ver despreciable y vacuo. Pero esas “cualidades” de su entorno ya las ha calado usted y en la obra repudia la convivencia con las castas y le gustaría volver a ser niño, y ser niño en el suyo; y repudia también su triunfo y recomienda no triunfar, y acaricia el sueño, a partir de cierto momento, de volverse un perro salvaje, como los que fueron noticia en Galicia en los tiempos de la escritura de su obra. Aquellos se hicieron salvajes por abandonados, a usted le gustaría hacerse por abandonarle la ilusión. Pero no podía dejar de ser gato de salón, mostrando uñas en forma de afilada observación, pero gato de salón.
Compartimos, yo hoy, usted ayer, y siempre, porque lo dejó escrito y no puede escribir más, una visión negativa de los hombres y sus “hazañas” y reivindica la desaparición de la especie, como imaginó la extinción a destiempo de su propia vida si hubiese tenido valor, según dice, y convencido, a pesar de su éxito, del sinsentido de su vivir y del mayúsculo fracaso universal que supone la muerte de los niños, la muerte de su hijo. Me dice que disfrutaba del arte, ese engaño a la vida para olvidar la nada adonde iremos, aunque reconoce que Cervantes y Kant no morirán; disfrutaba del arte, excepto del arte de la música, a lo que no le pudo sacar satisfacción y no llegó a entender. Lástima; porque la música puede proporcionar momentos que nos reconcilien con la especie humana.
Reflexiona usted sobre el escribir y le da el mayor valor al diario íntimo, como el suyo. Y lo valora así por inmediato, fresco y sincero, aun reconociendo que se puedan colar lirismos distractores. También quedan en buen lugar las memorias, si el paisaje del recuerdo  no es demasiado neblinoso. Más abajo estaría la poesía, por demasiado artificial, y por último la novela, que es una falsaria realidad, y cuanto más realista peor. Por eso eligió el diario íntimo. Cansado de su permanecer en el trono halagador de rey de la escritura, utilizó la herramienta que le llevó a la cumbre para bajarse de ella y quiso escribir artículos a miles, como churros, cuando no hubiera sido necesario porque ya era hombre de éxito (quizá cuando yo le leía), para sentirse fracasado, para desandar el camino; porque, según usted, escribir artículos es una gloriosa manera de fracasar.
Al leer, hecho que usted considera más creativo que el escribir, al leerle, le comprendo. Comprendo su ambición juvenil en la corte, de la que usted se consideró rey de las letras. Comprendo su habilidad para ser tenido, y temido, como gurú de cierta clase y de gentes agrupadas por su estilo de vida; era usted halagado buscando su cita, preferiblemente benévola, algo tan importante en algunos círculos; pretendían ser sus amigos, o parecerlo, conocidos suyos al menos, y tener la oportunidad de no ser olvidados. Comprendo su desprecio íntimo por ese mundo suyo, insincero, teatral y mediático; y comprendo que se haya sentido engullido, vampirizado por los chupasangres que necesitan comerse al hombre para sobrevivir. Hombres que comen hombres, así funciona el mundo, viene a decir.
Hace tiempo que se secó su sangre. Sus artículos están tan muertos como usted; el tiempo los mató pronto, como usted quiso. Menos mal que escribió otras cosas.