El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie:

El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie: Viendo la vida pasar
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viernes, 24 de mayo de 2019

El libro del tiempo, de Manuel Toharia



El periodismo, especialmente los telediarios, algunos científicos, que no dan su brazo a torcer por aquello de sostenerla y no enmendarla, y la gente, que se lo cree todo, son los responsables de una especie de fiebre catastrofista basada en las consecuencias del cambio climático. Además, el “gas de la vida”, es decir el dióxido de carbono, paga el  pato de ese contubernio mundial  y se le hace aparecer, injustamente,  como ese personaje odiado de drama cinematográfico, cuando el verdaderamente malvado para el efecto invernadero es el vapor de agua de la atmósfera.
Estas ideas no son mías. Las expresó Manuel Toharia en una obra  titulada “El libro del tiempo”. En esta obra he podido descubrir escandalizado la cruzada que ha emprendido  contra  la alarma mundial ante las consecuencias del cambio de temperatura global. Conozco personas que no han podido terminar semejante volumen, engordado a base de repetir ideas y  referencias sin ningún interés; pero me he tomado la molestia de terminarlo para poder opinar con propiedad. Y la verdad es que he ido de escándalo en escándalo y no comprendo cómo se puede editar una obra así. No basta con ser famoso gracias a la aparición en televisión para dar por válida una obra en la que fondo y forma denotan poca calidad y a la que le sobran muchas páginas y muestra un enfoque muy equivocado de lo que debe ser un libro que aspira a la divulgación científica.
Me han escandalizado las referencias a figuras históricas del pronóstico del tiempo en televisión con alabanzas tan rancias como la de ser  “padre de familia”, lo que hará las delicias de tanto ciudadano conservador y machista como vemos hoy día, y otras referencias positivas de dudosa verosimilitud según lo que podíamos ver en la pequeña pantalla; mientras que otros reciben la crítica del autor porque  se tomaban las cosas con humor y se afeitaban el bigote. Triste.
Escándalo e indignación me han producido las referencias a organizaciones no gubernamentales a las que salva, pocas, dos, mencionándolas por su nombre, Cruz Roja y Médicos Sin Fronteras, que no tienen que ver con el clima ni con el tiempo; pero a otras, las ecologistas, que no tiene la valentía de nombrar, las relaciona con el extremismo  político, de izquierdas, claro. Reparos para mencionarlas por su nombre que no los tiene con Rajoy, al que saca a relucir por aquella historia en que su primo le dijo que el cambio climático no era para tanto. Primo que, según Toharia, es un físico excepcional. Este sí le gusta. ¿Nos vamos dando cuenta de la divulgación científica que ofrece la “obrita”?
Tampoco quedan muy bien los editores, pues han permitido la publicación del libro, seguramente por el esfuerzo que suponía que alguien lo leyera previamente, sin eliminar una muletilla, “claro”, permanente, frecuentísima, molesta como hambrientas moscas de montaña, que ya queda mal en una charla y por escrito es mortificante; dando idea de que ni el autor ha releído lo que le iba saliendo del magín. Pero es que el estilo tampoco hay por donde cogerlo porque resulta de una simpleza insultante para el lector. Hay que imaginarse que para conseguir más apoyo emocional a sus tesis utiliza metáforas en las que ridiculiza el papel que comúnmente se le atribuye al dióxido de carbono en el calentamiento global. Así, el autor insiste en plan irónico, pero desafortunado, en que se considera a dicho componente atmosférico el malo de la película, sometido a inquisición, condenado sin juicio justo, el patito feo, cabeza de turco y otras ideas por el estilo.
Así que, tranquilos. Toharia dice en su libro, que no es para tanto, que el tiempo es cambiante, que el clima ha variado desde que existe, que no pasa nada si tenemos menos agua en la península Ibérica porque nos adaptaremos, que una cosa es el hambre en el mundo y otra el cambio climático, que si aumenta la temperatura global puede que llueva más y que si aumenta el nivel de los mares, total, todos los días suben y bajan con las mareas y no se hunde el mundo.
No le quiero quitar méritos al divulgador científico que es el autor del libro, por eso creo que lo mejor es que siga  en un museo.

El libro del tiempo está editado por  Crítica, colección Drakontos, en 2013.

Embalse de Requejada. Palencia. España. Verano 2017


viernes, 1 de diciembre de 2017

miércoles, 14 de junio de 2017

Un cuento: "El niño que quiso ser torero"

        El niño que quiso ser torero
                Un cuento para edades de 4 a 7
De paseo…
− Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

¿Qué crees que hizo José Ramón cuando el señor que hablaba, y hablaba, bla, bla, bla, en la calle, junto al parque, con su papá, se calló de pronto, le miró con ojos de búho y le preguntó qué quería ser de mayor?

Imagínate. José Ramón, que no le quitaba ojo al tobogán mientras su papá charlaba con el señor de ojos de búho, se quedó un poco pasmado después de la pregunta; tan pasmado como aquella vez que vio en el suelo, por culpa de una pelota lanzada por un puntapié inocente, el helado de cucurucho que su tía Irene le acababa de comprar un domingo.

José Ramón no contestó al señor de ojos de búho, levantó la mirada lentamente y se encogió de hombros, como si le hubiesen preguntado eso de “a quién quieres más”; miró a su padre y le pidió permiso.
 − ¿Puedo ir al tobogán?




Esa misma noche, en casa…
− Papá, tú, de pequeño, ¿querías ser jardinero?
− No −contestó el papá de José Ramón.
−¿Qué querías ser?  –preguntó el niño.
−No me acuerdo, hijo. No sé; futbolista, policía, camionero, como todos los niños, supongo. Anda, cómete las patatas, que se enfrían.  

−¿Y torero, papá? ¿Querías ser torero?
−Venga, José Ramón; no preguntes tanto y come.
−Pero, ¿querías ser torero? –insistía José Ramón.
−Nooo. Come.

José Ramón pinchó dos patatas con el tenedor y en cuanto tuvo la boca suficientemente libre volvió con las preguntas.
−¿Qué hace un torero?
−Hijo, un torero…
El papá pensó un poco mientras José Ramón esperaba la respuesta mirándole muy quieto. Al fin contestó.
−Juega. Eso es. Juega con el toro.
−¿Con el marido de la vaca? –preguntó enseguida el niño.
−Sí; con el marido de la vaca. Come, José Ramón, que ya te queda menos.

−¿Y juega como jugamos con el perrito de Clara? –dijo José Ramón pinchando con el tenedor las últimas patatas.


                                                El perrito de Clara  

−No exactamente −dijo el papá− porque el toro se puede enfadar y es peligroso.
−¿Se enfada? ¿No quiere jugar? –siguió preguntando el niño.
−No. No creo que quiera jugar; y además al final…

El padre de José Ramón dejó la frase sin terminar y alcanzó al pequeño una pera que estaba troceada en un plato.
−Tómate la pera.
−¿Qué pasa al final? –dijo José Ramón.
−Nada −dijo el papá −. Que el toro siempre pierde.
−¿Como tú cuando juegas a las cartas con los tíos? –quiso aclarar José Ramón.
−Algo así. Ahora vas a terminar. Vemos los dibujos un ratito, nos lavamos los dientes y ¡a la cama! –exclamó el papá haciendo cosquillas en la barriga a José Ramón.
Al día siguiente, en el cole…
Después de guardar las cartulinas y los colores en el armario para que todo estuviese muy bien ordenado, Luis, el profe, les dijo a los peques que se sentasen en círculo. Cuando obedecieron, que la verdad es que no tardaron mucho, y se hizo silencio, que esto tardó algo más, Luis les dijo de qué iban a hablar.
                                                 
                                           Luis,, el profe

−Hoy vamos a aprender cosas sobre los oficios, los trabajos, y luego haremos una ficha, y después jugaremos con todo eso que vamos a aprender. A ver, ¿qué trabajos conocéis?

−¡Doctora! –gritó Raquel levantando el brazo que no tenía en cabestrillo.
−¡Piloto!
−¡Profesor!
−¡Directora!
−¡Cocinero!
−¡Capitán!
Se oyó que decían.
−¡Futbolista! −también se oyó.
−¡Futbolista no, futbolista es un deporte! –gritó Marquitos poniendo una cara muy, muy, fea, como la pone el que se burla.
−¡Pescador! –dijo una niña.
−¡No se dice pescador! ¡Se dice pescadero! –volvió a intervenir Marquitos, originando un pequeño revuelo que Luis, el profe, intentó controlar.
Se fue haciendo la calma poco a poco, pero José Ramón aprovechó para soltar lo que le iba rondando por sus pensamientos desde el día anterior.

−Abel quiere ser torero; me lo ha dicho −anunció.
Todas las miradas se dirigieron al chiquillo, hacia Abel.

−Abel, ¿quieres ser torero? –preguntó Luis, el profe, muy serio.
El niño dijo “sí” con la cabeza, un poco temeroso porque no sabía si aquella situación le traería algún problema.
−¿Por qué quieres ser torero? –dijo Luis escamado, como tú cuando no entiendes algo.
−Porque mi abuelo tiene un toro y caballos.
−¿En una granja? –preguntó el profe.
−Sí; en el pueblo. Y mi hermana, cuando sea mayor cuidará a los caballos, y yo cuidaré al toro. Por eso seré el torero de la granja−contestó Abel.
                          

                                            “Rubio”, el toro del abuelo

−Seguro que es un sitio muy bonito −dijo Luis, el profe, y sonrió.
−Sí; hay mucha yerba verde y muchos árboles.
−¡Pues yo también quiero cuidar animales y quiero curarlos cuando se pongan malos! –gritó María.                      
 −¿Cómo se llama el que cura a todos los animales? –dijo la niña.
−Bueno, todos podemos cuidar a los animales, sobre todo dejándolos vivir en paz, pero si lo que quieres es curarlos tendrás que ser veterinaria− aclaró Luis.
−Pues seré veteniraria− afirmó María con seguridad.
−Veterinaria. Mirad, se escribe así.

Veterinaria
Y Luis, el profe, escribió la palabra con letras muy grandes y después les habló a los niños de la importancia de ser lo que a uno le haga feliz.



                                                        María será veterinaria

Los peques se hacen grandes
¿Y sabéis? Cuando pasó el tiempo, después de veinte vacaciones de verano, María ya sabía curar a todos los animales y vivía feliz, y Abel también vivía, feliz, en la granja de su abuelo, rodeado de animales y plantas. Una granja en la que nunca faltó un toro al que cuidar y en donde Abel invitaba a los niños y niñas y a los  profes de los colegios del pueblo y de los alrededores a visitar su granja y dando paseos por allí les enseñaba a respetar a los seres vivos, desde la más humilde lombriz hasta las grandes aves que surcan los cielos y les decía que había que sentir pena por las personas que se divierten haciendo daño a los animales porque cuando iban al cole no aprendieron a amarlos.

                Fin

miércoles, 8 de marzo de 2017

Día de la Mujer. Que no se lo lleve el viento

Las asesinan. ¿Cuántas más deben morir?

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El río de Madrid en noviembre




Ánade Real hembra. Anas platyrhynchos



Garceta Común. Egretta garzetta


Izquierda: Gaviota Sombría. Larus fuscus.
Derecha: Gaviota Reidora. Larus ridibundus








domingo, 16 de octubre de 2016

viernes, 14 de octubre de 2016

Literatura: "El Reencarnado"

Tu alma ha ido rebotando de siglo en siglo, habitando diferentes cuerpos vestidos ora de inquisidor, dueño de mazmorras y grilletes, ora de funcionario absolutista, triste, oscuro y melindroso. Tu espíritu se encarnó en cacique, apegado al terruño y a las sotanas, conspirador, manipulador de los hilos de las voluntades, cliente del compadreo, amparo de la murmuración bisbiseada a orejas  de tu misma causa , vasallo de los grandes amos y sus administradores, practicante del trato de favor, morador de las cloacas. No perdiste la oportunidad  de reencarnarte en furibundo defensor de tu fe,  de tu fascismo  a la española;  y tu devoción por el tirano alzado en armas  te puso a su vera y te regaló un ministerio para que pudieras dar cauce a tus obsesiones y a tus ocultos compromisos vitales. Estás entre nosotros. Tu alma, a través de los siglos, ha ido engrosando con el añadido, una capa tras otra, de iniquidades en consonancia con los tiempos que corrían. Eres el resumen de las eras ominosas, el compendio de las prácticas turbias, el listado de los agravios a la libertad de pensamiento. Dentro de cien años, de quinientos, volverá tu alma a residir en un cuerpo; cambiará tu aspecto, los ropajes serán distintos, pero conservarás la impronta, te pondrás  al servicio del poder tenebroso, serás lacayo de los iluminados; te emplearás en enjaular, en acallar a cualquier precio, a los que osen levantar su voz contra la ignominia. Has sido, eres y serás fiel representante de la opresión. Esa es tu marca y tu legado; y tu condena, aunque no lo comprendas, alma en pena. Pena de alma.

lunes, 3 de octubre de 2016

La vida en la ciudad

Escena urbana (Primavera 2016)

domingo, 5 de junio de 2016

Agua, tierra, aire

Caldera de Taburiente. Isla de La Palma

domingo, 22 de mayo de 2016

Biodiversidad: diseño sobre lavanda


Parece ser la llamada chupaleches, Iphiclides podalirius, pero en el momento de tomar la fotografía aparecía sin una parte importante de las alas. A ello se debe que el borde sea irregular.

jueves, 5 de mayo de 2016

Oona y Salinger, de Frédéric Beigbeder

—¿De qué te sonríes?
—Es una sonrisa burlona; de esas que se escapan cuando lees una estupidez, por algo que te parece de lo más tonto ponerlo por escrito; de esas de las que pasas a la risa más demoledora si encima lo llaman “píldora de sabiduría vital”, avisándote, además, de que ese “escritor sabio” acostumbra a propagar tales grageas. Se han pasado con el marketing.
—¿Qué es lo que ha dicho? ¿Cuál es esa “píldora de sabiduría vital”? Ja, ja.
—A ti y a mí nos interesó desde muy jóvenes conocer lo que nos rodea: los pájaros, los árboles, las gentes… Y creo que es una obligación de la especie, consciente como es, rendir tributo a La Vida, en un acto de humildad, y conocer a los demás seres que nos acompañan en el viaje, que además son vitales para el mantenimiento de las condiciones que permiten al planeta ser habitable. Y va este tipo y dice que ”la vejez  es cuando” te interesas por el nombre de los pájaros porque empiezas a tener tiempo.
—Ja, ja. Pues, mira, yo creo que lo que caracteriza a la vejez  no es el tiempo que se tiene; en otras épocas de la vida se tiene tiempo para lo que se quiere; la vejez “es”, quizá,  la dificultad, o la falta de ganas, para gozar del aire libre y de los seres que lo habitan, para salir de las ciudades y sentirse una criatura más, al nivel de las aves o al de los árboles, para conocer otras formas de vida humana que no se basan en la ciudad. Puede que la vejez “sea” la estrechez del presupuesto y el copago de medicinas y de múltiples servicios sanitarios; también  el mantener a los nietos y ayudar en su crianza. Tal vez la vejez “sea”, entre idas y venidas al médico, “cuando” solo tengas ganas y tiempo para ver los cotilleos que la televisión te eche, o, si todavía ves lo suficiente, “sea” coger un libro malo porque es el que tenías cerca y no tienes ganas de buscar mucho.
—Ten en cuenta que hay gente que es el típico producto moderno, que desarrolla su vida entre legajos, campañas publicitarias, refritos y pastiches; que se sienten como pez en el agua en un mundo de papel, ahora virtual, incapaz de interesarse, casi con desprecio, por ese árbol de la esquina que le alegra las mañanas con sus flores de color rosa intenso al que llamamos árbol del amor y que, según la leyenda, le sirvió a Judas para colgar la soga .
—Oye, que a lo mejor estás suponiendo que el sujeto es un urbanita y lo mismo ha nacido en un pueblito.
—Más delito tiene.
—¡Bah! Eso es que sabe de  alguien que conoce cuatro pájaros y le quiere llamar viejo.
—Posiblemente.  No sabes bien la de tonterías que se escriben para meter a capón alusiones no explícitas en algún texto. Y eso me parece una falta de respeto al común de los lectores porque se utiliza su interés y el dinero que ha empleado en comprar el libro para difundir un mensaje de intención espuria. Es para sentirse estafado. El lector debe creer, para que se cree  la magia necesaria,  que  lo escrito va dirigido a él, que hay una comunicación íntima con el autor a través del espacio y del tiempo, que no hay intenciones ocultas que lo harán sentirse utilizado. Además, je, je, creo que ese tipo de frivolidades traen mal fario. Y encima lo llaman “píldoras de sabiduría”. Yo diría manchas de tontería.
—Bueno, ten en cuenta que a algún empleado de la editorial le habrá caído el muerto de tener que escribir la glosa.
—Sí, pero hay que tener algo más de sentido común. Fíjate: se dice que el autor fue “despedido fulminantemente” de la agencia de publicidad donde trabajaba, sin más explicaciones.
—Pues no sé. Se considerará un valor que a uno le despidan fulminantemente, le dará interés, morbo. Si se dijera, sin más, que fue despedido quedaría mal, pero al decir “fulminantemente” da la sensación de que pudo ser por un acto de afirmación ante la empresa, de rebeldía, pero no sabemos si se lo mereció, lo que ocurrió para que fuese fulminado. Seguramente quieran cultivar la imagen de “enfant terrible”, por si vende más.
—Vale. Pero el libro, ¿te ha gustado?
—No. Para nada ha cubierto mis expectativas. Si tuviera que darte una imagen de lo que me parece te diría que la obra es una mayonesa cortada: una serie de ingredientes como minúsculas pinceladas de biografías de Capote, Hemingway, y Chaplin; cartas y diálogos inventados entre Oona  (última esposa de Chaplin) y el escritor Salinger que  no han logrado conmoverme en absoluto; crudas estampas sobre la crueldad de la guerra que sí me han conmovido pero me han parecido demasiado prolijas y fuera de lugar; y la inclusión de la experiencia amorosa del autor con una mujer, que quede claro, mucho más joven que él. Y este parece ser el colofón, una especie de justificación, cuando no creo que a estas alturas interese a nadie, de las uniones románticas entre personas de edades muy dispares. Todo ello aderezado con párrafos en inglés, gritos, o sea mayúsculas, que si ya repelen en cualquier texto, no digamos en un libro. Unos ingredientes sin cuerpo suficiente para dar a la mayonesa la consistencia necesaria y hacerla digna de presentarla en la mesa.
—Pues vaya.
—Mira, cada persona puede escribir lo que quiera, pero los lectores, que hemos pagado, tenemos derecho  a decir lo que nos ha parecido.
—No te lo discuto. Todos deberíamos opinar sobre lo que leemos y realzar las obras verdaderamente valiosas.
—Por supuesto que cada uno escribe como quiere y con las pretensiones que le parece, pero el abuso de la referencia, de las citas, de la excesiva inclusión de conocimientos parece que le da más valor al texto, y se descuida la eficiencia del mensaje, la coherencia del texto, la variedad del vocabulario. Falta artesanía de la palabra. Da la sensación de que el autor basa su obra en “demostrar”, sea conocimiento de los coetáneos de los personajes o de títulos musicales o que ha usado mucho la wikipedia.  Me parece perfecto que sea así, si así se quiere,  pero en el verdadero artista ni se nota; debe ser sutil y nada pretencioso.
—¿Y qué te parece que la familia de Oona no publique las cartas que esta intercambió con Salinger?
—No creo que esas cartas tengan ningún interés. Lo malo de entrar en la correspondencia personal, real o inventada, es que esa relación entre dos personas queda manoseada  por cualquiera, gente extraña a la que jamás hubieras dejado entrar en tu vida porque, en muchos casos,  nunca te caería lo suficientemente bien. Como dijo Ana Belén en un programa de televisión: "¿por qué se mete en mi vida?, si yo no la conozco a usted de nada”.  Tengo la sensación de que si los espíritus de Oona, Chaplin y, por qué no, Salinger pudieran leer esto, sonreirían tan burlonamente como yo. Va por ellos.


viernes, 22 de abril de 2016

Día de la tierra: la importancia de S.M. el árbol


Árbol protegiendo la tierra en la orilla del Lozoya,
 El Paular (Madrid)

miércoles, 20 de enero de 2016

Escritos ejemplares: sustancias e industrias. (Más orgullo con el español y menos modas que empobrecen, por favor)

A través del cristal,  que separaba el laboratorio del despacho, se podía ver al jefe de control de calidad concentrado, consultando lo que podía ser un prontuario o un vademécum. El mozo, al que denomino de esta forma por ocupación y porque debía rondar los diecinueve años, llamó tímidamente a la puerta. El <<¡pase!>>  sonó tremebundo. El muchacho saludó con un apenas audible <<buenos días, don Salvador>>. Por respuesta obtuvo una mirada penetrante del jefe por encima de las gafas, como si con ese gesto quisiera desmentir lo que de amistoso tenía su nombre de pila. Como don Salvador no salía de ahí, el mozo anunció con la mayor sumisión posible: <<ha llegado el químico>>. El comportamiento timorato del chico, fruto del conocimiento que tenía del carácter de su interlocutor, no impidió que en el despacho se oyera, como trueno, <<¡qué químico!, ¡aquí trabajamos un montón de químicos!>>. El muchacho, al que le empezaba a asomar el rubor propio del que sufre una admonición,  se armó de valor y, acercándose, dejó sobre la mesa un frasquito de color topacio. <<Ah, era esto>>, dijo don Salvador, con algo menos de ímpetu, mientras examinaba la etiqueta. El tono  le duró poco, porque continuó con severidad: <<acostúmbrese a decir producto químico, compuesto o sustancia; toda la vida de Dios un químico ha sido una persona, ¡coño! >>. El  malaspulgas del jefe quedó prendado del frasquito como si fuese un deseado tesoro, momento que aprovechó el mozo para dirigirse a la salida del despacho. A su pesar, el chico recordó que debía darle otro recado, pues cualquier empleado de la casa evitaba tener contacto con don Salvador, incluso a través de teléfonos inteligentes, por temor a un chorreo. Desde la puerta anunció, con una voz que quería parecer firme, <<Curiel me ha dicho que le diga que la farmacéutica está esperando la respuesta>>.  Intentando no mostrarse tan agrio, contestó don Salvador: <<¿Henar?, ¿Lourdes?>>.  <<No. Chemical Global>>, dijo en un balbuceo el muchacho. <<Eso es una in-dus-tria far-ma- ceu- ti-ca o un la-bo-ra-to-rio far-ma-ceu-ti-co>>, respondió el jefe; así, marcando las sílabas. Y añadió: <<¡las farmacéuticas son señoras! >>.  Cuando el puño de don Salvador dio con el frasco, en lugar de encontrar el tablero de la mesa, y la sustancia que contenía inundó de olor a almizcle el despacho y de color pardo la página 724 del vademécum, el mozo ya había desaparecido. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Ida y vuelta

Reconoce usted que alcanzó la cima; llegaron al punto de satisfacción total sus aspiraciones profesionales y humanas, mezcladas ineludiblemente en quien se dedica a pormenorizar la sociedad, destacando en negrita los nombres que, como el cemento, daban estructura a sus artículos; pero usted mismo lo dice: reconoce la mascarada que son las relaciones del mundillo en el que su persona era referencia y faro. Tenía, por eso, que buscar, hastiado de saludos y besos, y de brazos por encima del hombro, propios de cócteles, recepciones y audiencias, tenía que buscar con ahínco la naturalidad que supone llevar la barra de pan y el periódico bajo el brazo en  la mañana dominical y recrearse en la esperanza de un mundo mejor mirando a los niños que juegan y encontrar sus ojos inocentes; y escudriñar los rincones de los váteres públicos para empaparse de las realidades humanas (tan lejos de los ambientes perfumados, enmoquetados, pulcros y controlados, sosteniendo el escocés en la mano), y seguir a través de un trecho de acera en una tarde oscura de invierno, solo por placer visual, sin intención de intercambiar palabra alguna, a la joven mujer que camina delante y que desconoce la importancia del escritor que va detrás.
Su obra me hace verle de otra manera, pues deshace el mito de dandy, fantasma y vanidoso en el que le habían colocado en mi experiencia vital sus artículos, sus séquitos, su codearse con gentes que viven de la exhibición, del cinismo, de relaciones endogámicas, todo eso que me asqueaba. Ahora me dice que usted deploraba esa forma de vida. Escribía porque los conocía, porque aprendió los recursos de las castas de primera clase, de los círculos cerrados en donde la recomendación y el tráfico de influencias lo son todo. Nos pintaba en sus cotidianos escritos a unas gentes cuya principal ocupación era la asistencia a fiestas decadentes. Me parecía que a pesar de sus críticas era usted necesario para seguir manteniendo un mundo que la vehemencia juvenil me hacía ver despreciable y vacuo. Pero esas “cualidades” de su entorno ya las ha calado usted y en la obra repudia la convivencia con las castas y le gustaría volver a ser niño, y ser niño en el suyo; y repudia también su triunfo y recomienda no triunfar, y acaricia el sueño, a partir de cierto momento, de volverse un perro salvaje, como los que fueron noticia en Galicia en los tiempos de la escritura de su obra. Aquellos se hicieron salvajes por abandonados, a usted le gustaría hacerse por abandonarle la ilusión. Pero no podía dejar de ser gato de salón, mostrando uñas en forma de afilada observación, pero gato de salón.
Compartimos, yo hoy, usted ayer, y siempre, porque lo dejó escrito y no puede escribir más, una visión negativa de los hombres y sus “hazañas” y reivindica la desaparición de la especie, como imaginó la extinción a destiempo de su propia vida si hubiese tenido valor, según dice, y convencido, a pesar de su éxito, del sinsentido de su vivir y del mayúsculo fracaso universal que supone la muerte de los niños, la muerte de su hijo. Me dice que disfrutaba del arte, ese engaño a la vida para olvidar la nada adonde iremos, aunque reconoce que Cervantes y Kant no morirán; disfrutaba del arte, excepto del arte de la música, a lo que no le pudo sacar satisfacción y no llegó a entender. Lástima; porque la música puede proporcionar momentos que nos reconcilien con la especie humana.
Reflexiona usted sobre el escribir y le da el mayor valor al diario íntimo, como el suyo. Y lo valora así por inmediato, fresco y sincero, aun reconociendo que se puedan colar lirismos distractores. También quedan en buen lugar las memorias, si el paisaje del recuerdo  no es demasiado neblinoso. Más abajo estaría la poesía, por demasiado artificial, y por último la novela, que es una falsaria realidad, y cuanto más realista peor. Por eso eligió el diario íntimo. Cansado de su permanecer en el trono halagador de rey de la escritura, utilizó la herramienta que le llevó a la cumbre para bajarse de ella y quiso escribir artículos a miles, como churros, cuando no hubiera sido necesario porque ya era hombre de éxito (quizá cuando yo le leía), para sentirse fracasado, para desandar el camino; porque, según usted, escribir artículos es una gloriosa manera de fracasar.
Al leer, hecho que usted considera más creativo que el escribir, al leerle, le comprendo. Comprendo su ambición juvenil en la corte, de la que usted se consideró rey de las letras. Comprendo su habilidad para ser tenido, y temido, como gurú de cierta clase y de gentes agrupadas por su estilo de vida; era usted halagado buscando su cita, preferiblemente benévola, algo tan importante en algunos círculos; pretendían ser sus amigos, o parecerlo, conocidos suyos al menos, y tener la oportunidad de no ser olvidados. Comprendo su desprecio íntimo por ese mundo suyo, insincero, teatral y mediático; y comprendo que se haya sentido engullido, vampirizado por los chupasangres que necesitan comerse al hombre para sobrevivir. Hombres que comen hombres, así funciona el mundo, viene a decir.
Hace tiempo que se secó su sangre. Sus artículos están tan muertos como usted; el tiempo los mató pronto, como usted quiso. Menos mal que escribió otras cosas.



miércoles, 7 de octubre de 2015

La memoria en los libros. Segunda entrega. Paralelismos

Avanzaba divertido por las páginas de La araña negra y se le escapó alguna sonrisa maliciosa, propia de los que contemplan a los atrevidos proclamando las verdades eludidas por otros, a los que les falta la oportunidad o el valor para ventilarlas. Pero el ánimo jocoso fue transformándose en triste al avanzar en la lectura. <<¿Era posible que la novela de Blasco Ibáñez hubiera servido de inspiración para tejer la tela en la que le habían querido envolver? Aquí está  el método, la teoría y la práctica de un poder mundial secreto que no repara en medios para buscar como fin, en el fondo, la consecución de una ambición. >>
Dudaba mucho de que fuese así, de que los procedimientos reflejados por Blasco hubieran inspirado el proceder de los urdidores de la trama: no creía que la novela que estaba leyendo hubiese sido tan conocida. Se planteaba si las habilidades puestas de manifiesto se habían expresado, como se expresa el fenotipo, porque se nace, o el protocolo de actuación se aprende; si existe un vademécum con los pasos precisos para convertirse en dueño de voluntades y destinos, apoyándose en soplones de certezas  o supuestos, utilizando gentes ignorantes de papanatismo supremo, creando una red de cómplices con la argamasa de la mutua culpabilidad, explotando el conocimiento, innato o adquirido, para mover a las masas, dispuestas a ser rebaño en una dirección.
Ató cabos recordando historias y personajes universales con esas capacidades y había de todo: desde iletrados hasta doctores. Por eso llegó a la conclusión de que tenía que haber algo genético en esa pericia en la alta manipulación y  dejó para otra ocasión determinar si consistía en un avance evolutivo o en una regresión.
El término empatía le estomagaba desde hacía cierto tiempo de tan manoseado, pues era aplicado como ungüento amarillo por toda clase de opinadores.  <<Sí. ¿Pero cómo no acudir a dicho término ante  el sufrimiento, que termina trágicamente,  del que cae en la trampa de la araña y es tomado por loco con la participación de sesudos galenos? >>, se  preguntaba.
Pensaba que alguien inocente, con la fortuna de no haber conocido la maldad de las acciones humanas, podría llegar a creer en la exageración de las intenciones de personajes y de las situaciones, pero el  experimentado comprobaría la profunda realidad de la que el autor de la novela se nutre. Y le sorprendía que Blasco Ibáñez terminara la obra con tan solo veinticinco años. < <¿Qué experiencias vitales le llevaron a escribir ese repertorio de personas, de caracteres, de rasgos y comportamientos? Ese hombre era un genio. Todos están ahí. Podría poner nombre y apellidos de individuos reales a toda esa lista, a base de personajes, que reflejan todos los mundos, interiores y sociales;  todos los anhelos, nobles y deleznables>>, se dijo, avanzado el segundo tomo.
Encontró paralelismos con El Quijote, espoleado por su mención en la novela. <<Bien pudiera ser tan considerada como la magna obra de Cervantes. Su recorrido por el siglo XIX, desde el reinado de Fernando VII, es el mar en el que se desenvuelve la galería de todos los individuos posibles y sus pasiones, las admirables y las venenosas>>, escribió en su cuaderno de notas.

Y decidió tomar a Blasco Ibáñez bajo su amparo. Su escudero se compondría de un mosaico a base de personas de bien. <<Alguna conozco>>.  Tomó su bolígrafo de plata, los papeles ya escritos por una cara y se lanzó a dar mandobles a los malandrines del siglo XXI.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

La memoria en los libros. Segunda entrega. Una señora catedrática

Un tocado en forma de simpático gorrito de lana solía rematar el atuendo de la catedrática. Su alta figura se acrecentaba en la tarima, desde donde nos hablaba siempre de pie; la  voz, enérgica, segura; y el rictus se correspondía con  una permanente sonrisa burlona, fruto, quizá, de cierto escepticismo vital. Poseía un trato agradable y su verbo fácil nos envolvía, atrayendo nuestra atención aunque nos parecieran complicados los razonamientos lingüísticos de Chomsky. La hoja roja, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Las ratas, El Jarama, La tesis de Nancy, El hombre que compró un automóvil y El príncipe destronado, que yo recuerde,  son los títulos que aquella buena señora incluyó entre nuestras obligaciones lectoras. Algunos de los libros los adquirí, como Las ratas, que presté a un colega y compañero entonces y que nunca volví a ver, el libro, no al colega, siendo una deuda que se le debe a mi biblioteca; y otros los tomaba en préstamo de la Red de Bibliotecas Populares, que tenía sedes repartidas por todo Madrid. Visitaba, generalmente, la biblioteca de la calle Mayor, más cerca de Bailén que de Sol,  antes de comenzar las clases, a media tarde, porque me quedaba relativamente cerca del instituto. Me agradaba mucho merodear, entre la tarde y la noche, por el Madrid llamado de los Austrias, para después bajar hasta Sacramento y por San Justo, Puerta Cerrada , Toledo y Estudios, junto a la colegiata, llegar al Instituto de San Isidro. Gracias al carné de las Bibliotecas Populares tuve acceso a la Biblioteca Nacional,  donde pedí prestados algunos libros un tiempo después. Allí fue, guiado por el nombre del autor, más que por el título, el lugar en el que me tropecé con la obra que nos ocupa; algunos párrafos leídos al azar cuando nos presentamos el libro y yo me cautivaron, pues el mundo retratado en la novela no me era ajeno.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

La memoria en los libros. Segunda entrega. Erratas entrañables

Recorrí con la vista la estantería buscando lectura y me detuve ante los dos tomos. Era el momento oportuno: ningún libro por terminar.
Hace tiempo que decidí volver a leerlo. Cuando lo hice por primera vez, tras sacarlo de la biblioteca pública, tan joven, y a pesar de que no llegué a profundizar en sus mensajes como lo estoy haciendo ahora, sentí la necesidad de poseerlo. Así, en el momento en el que lo descubrí, después de buscarlo siempre que enredaba en puestos y casetas, no dudé en llevármelo.
Los tomos, ligeramente desvencijados, de color añil, oliendo suavemente a papel viejo si metes la narices, con manchas traslúcidas en la primera hoja y que se han tornado anaranjadas, incluyen, ambos, para utilizarlas como marcapáginas sendas cintas doradas, seguramente provenientes de la envoltura de algún regalo, detalle que me hace pensar en la forma de actuar de su anterior dueño, o dueña, esas personas que guardan las cintas de envolver regalos por si tuvieran alguna utilidad. Sin saberlo, las guardó para mí.
La edición es penosa: tildes alocadas, palabras incompletas, líneas ausentes que aparecen unos párrafos más allá empujando para hacerse un hueco, y múltiples erratas más. Esto, en el fondo, me gusta: le da originalidad, esos defectillos que hacen diferentes a las cosas.
Pero me entusiasma el uso que se hace en el texto de la letra cursiva y que me resulta fundamental en su lectura; descubro la fuerza que posee cuando se emplea bien. Y reconozco el poco cuidado que pongo en esos detalles al escribir, por dejadez, por no dedicarme más a ello. Me propongo echar mano de ese efecto cuando sea necesario.
Los tomos no tienen nombres ni dedicatorias, pero sí tienen marcas de interrogación y líneas verticales señalando párrafos, todo a bolígrafo. Los pasajes así señalados destacan por ser críticas feroces y descripciones de perversos malvados inmorales, cuando deberían ser lo contrario; tal es la crudeza que el narrador utiliza en esos párrafos que pudieron  poner en juego la sensibilidad y las creencias del lector, o lectora. Quiero pensar, porque me agrada, porque así los libros me parecen con un valor añadido, que su lectura produjo tal desazón que su dueño, o dueña, decidió deshacerse de ellos, como el que desea perder de vista una obra del diablo. Y así llegaron los viejos tomos a mí, con sus marcas de asombro a boli y, para separar páginas, sus cintas doradas con el nombre de una empresa distribuidora de artículos de lujo.

martes, 28 de julio de 2015

La memoria en los libros. Primera entrega. De compras y epílogo

Sábado. Habíamos quedado los cuatro en la esquina del paseo del Prado y subimos la cuesta curioseando entre puestos y casetas.
Me retrasé respecto a los demás al quedarme hojeando algunos ejemplares. Al cabo de un rato, me hicieron señales indicando que tenían  el libro buscado, solicitado por el profesor de Lengua. Les dije con la mano que esperasen y terminé de pagar mi compra. Al llegar a su altura, el que sujetaba un libro se colocó el pelo detrás de las orejas. <<Yerma>>, me dijo. <<¿Cuál has comprado tú?>>, preguntó, cogiendo el libro de mis manos. <<Poder sin moral. Historia de las SS. Reimund Schnabel>>, leyó en voz alta.
Fue una dura manera de comenzar a poseer libros, no esos libros que pueden estar en casa y pertenecen a todos, me refiero a libros personales, elegidos y adquiridos por uno mismo. Haciendo memoria, quizá fuera el segundo de la colección, tras Pregúntale a Alicia, un regalo de cumpleaños. No se puede decir que fuesen unos comienzos muy festivos. La impresión causada por la lectura de documentos oficiales, por la contemplación de las fotografías y de los planos de los múltiples campos de concentración y exterminio permanece imborrable. Durante años me asaltaba una sensación de estupor si la mirada tropezaba con el lomo.
Tuve conocimiento de la II Guerra Mundial, como de la conquista del Oeste y de la Guerra Civil de los Estados Unidos, gracias a mi afición por los tebeos, en los que me enseñaron a leer precozmente; pero, como es lógico, me dieron un conocimiento superficial de esos acontecimientos históricos. En Hazañas Bélicas no nos mostraban el Holocausto, ni tuve una idea cabal de lo que significó hasta que  conocí la obra de Schnabel, comprada en la Cuesta Moyano.
EPÍLOGO CON ENTREVISTA
Pregunta. ¿Qué pretendes con La memoria en los libros? ¿Escribir una autobiografía?
Respuesta. No. No es que vaya a escribir mis memorias en este blog. La idea es la de dar unas pinceladas sobre los libros que han significado algo para mí, volver a poner los libros en la memoria, y no al revés.
P. ¿Eso significa que habrá una segunda entrega?
R.  Antes de contestar a tu pregunta permíteme que me excuse por traer a colación en el blog un tema tan serio como es el Holocausto en una época del año en la que se tienen en mente las vacaciones y el disfrute del verano. No es mi intención amargar la fiesta a nadie. Y ahora vamos con la respuesta: habrá una segunda entrega si alguno de mis libros me lo dice y me apetece recordar la pequeña historia que hay detrás de él.
P. ¿Te hablan los libros?
R.  Sí, me hablan. En determinadas circunstancias pueden, incluso, levantar la voz.
P. Y Poder sin moral, ¿cuándo te habló?
R.  La entrada no es una respuesta a bromas que se hayan podido hacer con el Holocausto. Me dispuse a recordar sus circunstancias en el setenta aniversario del fin de la II Guerra Mundial. Ahí surgió la idea, pero hasta ahora no he tenido la ocasión de escribirla. La conmemoración me sirvió para reflexionar sobre la forma en la que conocí con más profundidad la Guerra, aunque la palabra guerra se queda corta.
P. Ya que lo mencionas, ¿qué te parecen ese tipo de bromas?
R.  Bueno… Ya he dicho que el libro me impresionó muchísimo. Yo creo que he producido anticuerpos intelectuales y determinadas actitudes no las comprendo.
P. ¿Y qué opinas del empleo de la sátira?
R.  Entiendo su uso cuando se dirige contra el poder, sobre todo si es autoritario, cuando existen trabas para expresarse en libertad; en este caso es un acto de valentía. Si se utiliza para tirar la piedra y esconder la mano, para herir o burlarse de  personas que, de esa forma, no se pueden defender, no es un acto de valentía, ¿verdad? Tengo muy malas experiencias con los dobles sentidos. Quizá sea divertido para el que los formula; pero, cuando se generalizan, ya no se sabe lo que sirve y lo que no, y se cortocircuita cualquier posibilidad de comunicación sincera. Es una pena. Debe ser que también he producido anticuerpos intelectuales frente a ese tipo de cosas, ja, ja.
P. ¿Parece que le das mucha importancia al personaje de la melena?
R.  Es un pequeño homenaje al más intelectual de mis compañeros. Me inculcó su afición por pasear entre las casetas de la Cuesta Moyano.
P. Mencionas mucho ese lugar de Madrid…
R.  Se nota que conoces mis escritos. Sí. He pasado muchos ratos recorriendo sus casetas.
P. Bien. Solo me queda agradecerte la entrevista.
R.  No, por favor. Gracias a ti.

viernes, 24 de julio de 2015

La memoria en los libros. Primera entrega. Fama

En el aula, minúsculo punto en aquella piel de toro con caspa, la conversación fue reduciendo su amplitud hasta quedar solamente en manos de nosotros dos. Un compañero entró, procedente del aseo, secando todavía el compás con el trapo lleno de manchas de tinta. <<¿De qué se habla?>>, pero no recibió respuesta. Yo exponía mis opiniones sin cesar de mirar la lámina, raspando con una hoja de "Sevillana" para eliminar el desliz cometido al rotular mi nombre. El profesor dejó de corregir dibujos, levantó la vista y, con los brazos extendidos, apoyó las manos en los extremos de su mesa, dispuesto a prestar la máxima atención. Mi contrincante dialéctico mantuvo la mano izquierda sobre la escuadra y el cartabón, en posición de trazado de paralelas, irguió la cabeza y con un par de dedos de la mano derecha colocó tras la oreja la guedeja que le tapaba media cara; mostró su sonrisa benevolente, esa que producía la sensación de ser objeto de su indulgencia por muy equivocadas que fuesen tus ideas. <<¡Bah! ¡Bah! Mira muchacho…>>, dijo como preámbulo a sus próximas frases. Y durante un rato empleó el tiempo en ensalzar el talante y la filosofía de vida de los ingleses, en detrimento de la rigidez, la austeridad y laboriosidad de los <<cabezas cuadradas>>  de los alemanes.

miércoles, 22 de julio de 2015

En la memoria de los libros. Primera entrega. Tinta china


El grupo está formado por pocos alumnos, apenas una docena bien avenida. Las clases de dibujo son relajadas. Se trata de ir reflejando en la lámina el esquema de fabricación de, pongamos, ácido sulfúrico: tolvas, conducciones, depósitos, válvulas, llaves...
En ocasiones, no se oye más que alguna interjección causada por un error en el trazo, el ir y venir sobre el papel de una hoja de afeitar para eliminar con la mayor delicadeza posible el chino que dejó una gota de tinta incontrolada, la banqueta que se arrastra, el picaporte de la puerta del aula cuando alguno de nosotros necesita ir al aseo para limpiar un instrumento de dibujo, o el camión que se esfuerza por superar la cuesta de la calle; el profesor y los alumnos son viejos conocidos y hay suficiente confianza para salir y entrar sin pedir permiso. Pero otras veces surge con naturalidad la chispa de la conversación, sin levantar la voz, sin alboroto; todos están atentos y se interviene con orden, siendo el profesor uno más en el aporte de comentarios. La charla puede establecerse solamente entre dos; las cabezas miran al papel, los brazos se apoyan en el tablero de la mesa de dibujo; únicamente la pareja de interlocutores se gira levemente, establecen contacto visual y lanzan sus argumentos.