Un tocado en
forma de simpático gorrito de lana solía rematar el atuendo de la catedrática. Su
alta figura se acrecentaba en la tarima, desde donde nos hablaba siempre de
pie; la voz, enérgica, segura; y el
rictus se correspondía con una
permanente sonrisa burlona, fruto, quizá, de cierto escepticismo vital. Poseía
un trato agradable y su verbo fácil nos envolvía, atrayendo nuestra atención
aunque nos parecieran complicados los razonamientos lingüísticos de Chomsky. La
hoja roja, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Las ratas, El Jarama, La
tesis de Nancy, El hombre que compró un automóvil y El príncipe destronado, que yo recuerde, son los títulos que aquella buena señora
incluyó entre nuestras obligaciones lectoras. Algunos de los libros los
adquirí, como Las ratas, que presté a un colega y compañero entonces y que
nunca volví a ver, el libro, no al colega, siendo una deuda que se le debe a mi
biblioteca; y otros los tomaba en préstamo de la Red de Bibliotecas Populares,
que tenía sedes repartidas por todo Madrid. Visitaba, generalmente, la biblioteca
de la calle Mayor, más cerca de Bailén que de Sol, antes de comenzar las clases, a media tarde,
porque me quedaba relativamente cerca del instituto. Me agradaba mucho merodear,
entre la tarde y la noche, por el Madrid llamado de los Austrias, para después
bajar hasta Sacramento y por San Justo, Puerta Cerrada , Toledo y Estudios, junto
a la colegiata, llegar al Instituto de San Isidro. Gracias al carné de las
Bibliotecas Populares tuve acceso a la Biblioteca Nacional, donde pedí prestados algunos libros un tiempo
después. Allí fue, guiado por el nombre del autor, más que por el título, el
lugar en el que me tropecé con la obra que nos ocupa; algunos párrafos leídos
al azar cuando nos presentamos el libro y yo me cautivaron, pues el mundo
retratado en la novela no me era ajeno.
El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie:
El ágora de 13 Rue de l'Ancienne Comédie: Viendo la vida pasar
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miércoles, 30 de septiembre de 2015
miércoles, 23 de septiembre de 2015
La memoria en los libros. Segunda entrega. Erratas entrañables
Recorrí con la vista la estantería buscando lectura y me detuve ante los dos tomos. Era el momento oportuno: ningún libro por terminar.
Hace tiempo que decidí volver a leerlo. Cuando lo hice por primera vez, tras sacarlo de la biblioteca pública, tan joven, y a pesar de que no llegué a profundizar en sus mensajes como lo estoy haciendo ahora, sentí la necesidad de poseerlo. Así, en el momento en el que lo descubrí, después de buscarlo siempre que enredaba en puestos y casetas, no dudé en llevármelo.
Los tomos, ligeramente desvencijados, de color añil, oliendo suavemente a papel viejo si metes la narices, con manchas traslúcidas en la primera hoja y que se han tornado anaranjadas, incluyen, ambos, para utilizarlas como marcapáginas sendas cintas doradas, seguramente provenientes de la envoltura de algún regalo, detalle que me hace pensar en la forma de actuar de su anterior dueño, o dueña, esas personas que guardan las cintas de envolver regalos por si tuvieran alguna utilidad. Sin saberlo, las guardó para mí.
La edición es penosa: tildes alocadas, palabras incompletas, líneas ausentes que aparecen unos párrafos más allá empujando para hacerse un hueco, y múltiples erratas más. Esto, en el fondo, me gusta: le da originalidad, esos defectillos que hacen diferentes a las cosas.
Pero me entusiasma el uso que se hace en el texto de la letra cursiva y que me resulta fundamental en su lectura; descubro la fuerza que posee cuando se emplea bien. Y reconozco el poco cuidado que pongo en esos detalles al escribir, por dejadez, por no dedicarme más a ello. Me propongo echar mano de ese efecto cuando sea necesario.
Los tomos no tienen nombres ni dedicatorias, pero sí tienen marcas de interrogación y líneas verticales señalando párrafos, todo a bolígrafo. Los pasajes así señalados destacan por ser críticas feroces y descripciones de perversos malvados inmorales, cuando deberían ser lo contrario; tal es la crudeza que el narrador utiliza en esos párrafos que pudieron poner en juego la sensibilidad y las creencias del lector, o lectora. Quiero pensar, porque me agrada, porque así los libros me parecen con un valor añadido, que su lectura produjo tal desazón que su dueño, o dueña, decidió deshacerse de ellos, como el que desea perder de vista una obra del diablo. Y así llegaron los viejos tomos a mí, con sus marcas de asombro a boli y, para separar páginas, sus cintas doradas con el nombre de una empresa distribuidora de artículos de lujo.
Hace tiempo que decidí volver a leerlo. Cuando lo hice por primera vez, tras sacarlo de la biblioteca pública, tan joven, y a pesar de que no llegué a profundizar en sus mensajes como lo estoy haciendo ahora, sentí la necesidad de poseerlo. Así, en el momento en el que lo descubrí, después de buscarlo siempre que enredaba en puestos y casetas, no dudé en llevármelo.
Los tomos, ligeramente desvencijados, de color añil, oliendo suavemente a papel viejo si metes la narices, con manchas traslúcidas en la primera hoja y que se han tornado anaranjadas, incluyen, ambos, para utilizarlas como marcapáginas sendas cintas doradas, seguramente provenientes de la envoltura de algún regalo, detalle que me hace pensar en la forma de actuar de su anterior dueño, o dueña, esas personas que guardan las cintas de envolver regalos por si tuvieran alguna utilidad. Sin saberlo, las guardó para mí.
La edición es penosa: tildes alocadas, palabras incompletas, líneas ausentes que aparecen unos párrafos más allá empujando para hacerse un hueco, y múltiples erratas más. Esto, en el fondo, me gusta: le da originalidad, esos defectillos que hacen diferentes a las cosas.
Pero me entusiasma el uso que se hace en el texto de la letra cursiva y que me resulta fundamental en su lectura; descubro la fuerza que posee cuando se emplea bien. Y reconozco el poco cuidado que pongo en esos detalles al escribir, por dejadez, por no dedicarme más a ello. Me propongo echar mano de ese efecto cuando sea necesario.
Los tomos no tienen nombres ni dedicatorias, pero sí tienen marcas de interrogación y líneas verticales señalando párrafos, todo a bolígrafo. Los pasajes así señalados destacan por ser críticas feroces y descripciones de perversos malvados inmorales, cuando deberían ser lo contrario; tal es la crudeza que el narrador utiliza en esos párrafos que pudieron poner en juego la sensibilidad y las creencias del lector, o lectora. Quiero pensar, porque me agrada, porque así los libros me parecen con un valor añadido, que su lectura produjo tal desazón que su dueño, o dueña, decidió deshacerse de ellos, como el que desea perder de vista una obra del diablo. Y así llegaron los viejos tomos a mí, con sus marcas de asombro a boli y, para separar páginas, sus cintas doradas con el nombre de una empresa distribuidora de artículos de lujo.
martes, 28 de julio de 2015
La memoria en los libros. Primera entrega. De compras y epílogo
Sábado.
Habíamos quedado los cuatro en la esquina del paseo del Prado y subimos la
cuesta curioseando entre puestos y casetas.
Me retrasé
respecto a los demás al quedarme hojeando algunos ejemplares. Al cabo de un
rato, me hicieron señales indicando que tenían el libro
buscado, solicitado por el profesor de Lengua. Les dije con la mano que
esperasen y terminé de pagar mi compra. Al llegar a su altura, el que sujetaba
un libro se colocó el pelo detrás de las orejas. <<Yerma>>,
me dijo. <<¿Cuál has comprado tú?>>, preguntó, cogiendo el libro de mis
manos. <<Poder sin moral. Historia de las SS.
Reimund Schnabel>>, leyó
en voz alta.
Fue una dura
manera de comenzar a poseer libros, no esos libros que pueden estar en casa y
pertenecen a todos, me refiero a libros personales, elegidos y adquiridos por
uno mismo. Haciendo memoria, quizá fuera el segundo de la colección, tras
Pregúntale a Alicia, un regalo de cumpleaños. No se puede decir que fuesen unos
comienzos muy festivos. La impresión causada por la lectura de documentos
oficiales, por la contemplación de las fotografías y de los planos de los
múltiples campos de concentración y exterminio permanece imborrable. Durante
años me asaltaba una sensación de estupor si la mirada tropezaba con el lomo.
Tuve
conocimiento de la II Guerra Mundial, como de la conquista del Oeste y de la
Guerra Civil de los Estados Unidos, gracias a mi afición por los tebeos, en los
que me enseñaron a leer precozmente; pero, como es lógico, me dieron un
conocimiento superficial de esos acontecimientos históricos. En Hazañas Bélicas
no nos mostraban el Holocausto, ni tuve una idea cabal de lo que significó
hasta que conocí la obra de Schnabel,
comprada en la Cuesta Moyano.
EPÍLOGO CON
ENTREVISTA
Pregunta. ¿Qué pretendes con La memoria en los libros? ¿Escribir una
autobiografía?
Respuesta. No. No es que vaya a escribir mis
memorias en este blog. La idea es la de dar unas pinceladas sobre los libros
que han significado algo para mí, volver a poner los libros en la memoria, y no
al revés.
P. ¿Eso significa que habrá una segunda entrega?
R. Antes de
contestar a tu pregunta permíteme que me excuse por traer a colación en el blog
un tema tan serio como es el Holocausto en una época del año en la que se
tienen en mente las vacaciones y el disfrute del verano. No es mi intención
amargar la fiesta a nadie. Y ahora vamos con la respuesta: habrá una segunda
entrega si alguno de mis libros me lo dice y me apetece recordar la pequeña
historia que hay detrás de él.
P. ¿Te hablan los libros?
R. Sí, me hablan.
En determinadas circunstancias pueden, incluso, levantar la voz.
P. Y Poder sin moral, ¿cuándo te habló?
R. La entrada no
es una respuesta a bromas que se hayan podido hacer con el Holocausto. Me dispuse
a recordar sus circunstancias en el setenta aniversario del fin de la II Guerra
Mundial. Ahí surgió la idea, pero hasta ahora no he tenido la ocasión de
escribirla. La conmemoración me sirvió para reflexionar sobre la forma en la
que conocí con más profundidad la Guerra, aunque la palabra guerra se queda corta.
P. Ya que lo mencionas, ¿qué te parecen ese tipo de
bromas?
R. Bueno… Ya he
dicho que el libro me impresionó muchísimo. Yo creo que he producido
anticuerpos intelectuales y determinadas actitudes no las comprendo.
P. ¿Y qué opinas del empleo de la sátira?
R. Entiendo su
uso cuando se dirige contra el poder, sobre todo si es autoritario, cuando existen
trabas para expresarse en libertad; en este caso es un acto de valentía. Si se
utiliza para tirar la piedra y esconder la mano, para herir o burlarse de personas que, de esa forma, no se pueden
defender, no es un acto de valentía, ¿verdad? Tengo muy malas experiencias con
los dobles sentidos. Quizá sea divertido para el que los formula; pero, cuando
se generalizan, ya no se sabe lo que sirve y lo que no, y se cortocircuita
cualquier posibilidad de comunicación sincera. Es una pena. Debe ser que
también he producido anticuerpos intelectuales frente a ese tipo de cosas, ja,
ja.
P. ¿Parece que le das mucha importancia al personaje de
la melena?
R. Es un pequeño
homenaje al más intelectual de mis compañeros. Me inculcó su afición por pasear
entre las casetas de la Cuesta Moyano.
P. Mencionas mucho ese lugar de Madrid…
R. Se nota que
conoces mis escritos. Sí. He pasado muchos ratos recorriendo sus casetas.
P. Bien. Solo me queda agradecerte la entrevista.
R. No, por favor.
Gracias a ti.
viernes, 24 de julio de 2015
La memoria en los libros. Primera entrega. Fama
En el aula,
minúsculo punto en aquella piel de toro con caspa, la conversación fue
reduciendo su amplitud hasta quedar solamente en manos de nosotros dos. Un
compañero entró, procedente del aseo, secando todavía el compás con el trapo
lleno de manchas de tinta. <<¿De qué se habla?>>,
pero no recibió respuesta. Yo exponía mis opiniones sin cesar de mirar la lámina, raspando con una hoja
de "Sevillana" para eliminar el desliz
cometido al rotular mi nombre. El profesor dejó de corregir dibujos, levantó la
vista y, con los brazos extendidos, apoyó las manos en los extremos de su mesa,
dispuesto a prestar la máxima atención. Mi contrincante dialéctico mantuvo la
mano izquierda sobre la escuadra y el cartabón, en posición de trazado de
paralelas, irguió la cabeza y con un par de dedos de la mano derecha colocó
tras la oreja la guedeja que le tapaba media cara; mostró su sonrisa
benevolente, esa que producía la sensación de ser objeto de su indulgencia por
muy equivocadas que fuesen tus ideas. <<¡Bah! ¡Bah! Mira muchacho…>>,
dijo como preámbulo a sus próximas frases. Y durante un rato empleó el tiempo
en ensalzar el talante y la filosofía de vida de los ingleses, en detrimento de
la rigidez, la austeridad y laboriosidad de los <<cabezas cuadradas>> de
los alemanes.
miércoles, 22 de julio de 2015
En la memoria de los libros. Primera entrega. Tinta china
El grupo está formado por pocos alumnos, apenas una docena bien avenida. Las clases de dibujo son relajadas. Se trata de ir reflejando en la lámina el esquema de fabricación de, pongamos, ácido sulfúrico: tolvas, conducciones, depósitos, válvulas, llaves...
En ocasiones, no se oye más que alguna interjección causada por un error en el trazo, el ir y venir sobre el papel de una hoja de afeitar para eliminar con la mayor delicadeza posible el chino que dejó una gota de tinta incontrolada, la banqueta que se arrastra, el picaporte de la puerta del aula cuando alguno de nosotros necesita ir al aseo para limpiar un instrumento de dibujo, o el camión que se esfuerza por superar la cuesta de la calle; el profesor y los alumnos son viejos conocidos y hay suficiente confianza para salir y entrar sin pedir permiso. Pero otras veces surge con naturalidad la chispa de la conversación, sin levantar la voz, sin alboroto; todos están atentos y se interviene con orden, siendo el profesor uno más en el aporte de comentarios. La charla puede establecerse solamente entre dos; las cabezas miran al papel, los brazos se apoyan en el tablero de la mesa de dibujo; únicamente la pareja de interlocutores se gira levemente, establecen contacto visual y lanzan sus argumentos.
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